Viernes, 14 Enero 2011 11:29

Sexualidad Juvenil: eso que tanto molesta a los adultos

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SEXUALIDAD Y ADOLESCENCIA "LA BUSQUEDA DE UN LUGAR DESDE DONDE ENSEÑAR"

Colaboración: Lic. Luis María Aller Atucha

 

Desde la perspectiva de los adultos, la adolescencia es una etapa pasajera y problemática. Tal es así que cuando se encaran programas destinados a los adolescentes se lo hace no por el bien de ellos, sino con el afán de solucionar problemas o evitarlos. Con este enfoque parcializado se han montado programas de educación sexual y planificación familiar para adolescentes, buscando solucionar "el problema" que la sexualidad de ellos, nos crea a nosotros, los adultos.

No existe, en general, desde la perspectiva de los educadores sexuales, particularmente de los que trabajan en planificación familiar, una preocupación real por el tema de la sexualidad juvenil. Esto tiene una explicación que parecería lógica, aunque no sea aceptable ni la compartamos.

En primer lugar se debe reflexionar sobre el término de "Educación Sexual" cuando se tratan aspectos vinculados a la sexualidad juvenil. "Educar" la sexualidad juvenil parecería querer decir "encauzarla", y lógicamente que se la pretenderá "encauzar" hacia donde los adultos creemos que ella debe ir, que generalmente es hacia la abstinencia o la negación de la existencia del ejercicio sexo-genital temprano.

No obstante son muy pocos los programas de Educación Sexual que han mostrado alguna preocupación por la sexualidad placentera, desvinculada de la reproducción.

La sexualidad juvenil ha sido, durante muchos años, terreno abandonado. Hubo poca o ninguna preocupación por ocuparlo. Quienes primero lo hicieron fueron los planificadores familiares, pero llegaron a él desde la perspectiva del "problema", en este caso, el problema del embarazo precoz. Ultimamente la aparición del SIDA agregó a los adultos un problema más por el cual ocuparse en relación a la sexualidad juvenil.

Cuando un joven busca una relación coital, busca PLACER y no descendencia ni problemas. Nosotros le hablamos de hijos, familia y del SIDA y ellos desean escuchar algo totalmente distinto, por eso el diálogo resulta inútil. En general, suelen ser monólogos de ambos lados.

Ciertas variables deberían tenerse en cuenta antes de encarar programas sobre sexualidad destinados a los adolescentes y los jóvenes. Veamos alguna de ellas.

Adolescencia cultura y sociedad

El concepto de "adolescencia" y "adolescente" es relativamente moderno, apenas tiene algo más de cien años y es un concepto que está en permanente revisión debido a la dinámica del cambio social.

Un adolescente de nuestro tiempo no tiene las mismas ideas, vivencias y expectativas que un adolescente de hace cincuenta o cien años atrás. Un adolescente de un área campesina no tiene el mismo comportamiento social ni sexual que el de un adolescente de la ciudad. El mismo término de adolescente y joven es confuso y no existe acuerdo establecido sobre cuándo comienza la adolescencia, cuándo la juventud y hasta qué edad ésta se prolonga. Todo es vago y confuso; los programas de sexualidad juvenil también lo son.

Claro que es posible establecer, o mejor dicho, adoptar el concepto etario, como el propuesto por la Organización Mundial de la Salud.

En este caso, se consideran pre-adolescentes a los que tienen entre 10 y 13 años. La adolescencia se inicia a los 14 y se extiende hasta los 19 años. La Organización Mundial de la Salud ha creado otra categoría, la de los Jóvenes Adultos, para personas entre los 20 y 24 años. Puede también usarse el concepto americano de "teenager", que comprende la faja etaria de los 13 a los 19 años. En estos casos la edad puede estar definida; el problema no. Si se considera el problema del adolescente solamente desde sus aspectos etarios, las cuestiones que vayan apareciendo tienden a resolverse con el pasar del tiempo, lo que no significa, de hecho, ninguna solución.

No existe preocupación por la sexualidad sana y placentera de los jóvenes porque no existe una real preocupación por la juventud. Una frase de Jorge Luis Borges podría sintetizar el sentimiento generalizado de los adultos hacia la juventud; con su sabiduría e ironía habitual decía Borges que: "...la juventud es un mal pasajero que se cura con el tiempo". Y como mal pasajero, que produce otros males y problemas, especialmente el de los embarazos indeseados, se han encarado los programas.

Los educadores, sean estos maestros, educadores para la sexualidad o planificadores familiares, cuando se han ocupado de los adolescentes, no sólo aplican conceptos y contenidos vinculados a la reproducción y a la prevención de enfermedades sexualmente transmisibles, sino que además ignoran la real situación de la sociedad y cómo ésta gravita y condiciona la actividad sexual de los jóvenes, por ejemplo: la crisis económica, el consumismo, la violencia, la ansiedad por conseguir trabajo y el consumo de drogas. Actúan por encima de ella, en el vacío, como si solamente existiera el embarazo precoz o el contagio de enfermedades sexuales. No se ocupan siquiera de la SST (SALUD SEXUALMENTE TRANSMISIBLE) tan común en los intercambio sexuales entre los jóvenes .

Y como no importa el joven en sí, no importan las circunstancias que los rodean. El consumismo, la violencia, las drogas y la crisis económica que la juventud debe vivir producto de un mundo diseñado y manejado por adultos, parecería no ser responsabilidad de los que trabajamos en esta área de la sexualidad.

Es en ese mundo que le hemos preparado los adultos, en el que las jóvenes y los jóvenes deben integrarse para forjarse un futuro, el que estará cimentado en un trabajo o una carrera; poder conseguir trabajo o poder ingresar en una Universidad, constituyen las principales preocupaciones de la gente joven. La vivencia de su sexualidad es un complemento que, generalmente, resuelve sin mayores complicaciones.

Cuando nosotros nos acercamos a ellos y pretendemos ponerles por delante "el grave problema de la sexualidad juvenil", nos rechazan, porque consideran que estamos alejados de la realidad y la cotidianeidad que ellos viven.

Cuando un joven tiene deseos sexuales los satisface teniendo relaciones coitales o encuentros eróticos sexuales que lo complace. Ellos solucionan ese supuesto problema o carencia, con gran facilidad. Lo que no pueden solucionar es la falta de trabajo o la manipulación consumista que de ellos hacen los medios de comunicación.

Tampoco pueden solucionar la incomprensión y la represión a los que los somete la sociedad en que viven, que se niega a aceptar y escuchar sus razones sobre sus comportamientos sexuales.

No queremos decir con esto que nosotros, los sexólogos, educadores, orientadores y planificadores familiares debamos dejar de lado nuestra labor educativa e informativa en materia de sexualidad y dedicarnos a solucionar problemas laborales, estudiantiles o de incomprensión social. No estamos proponiendo eso, pero tampoco nos parece metodológicamente acertado hablar sobre sexualidad en el vacío, sin integrar en nuestras charlas o clases, el entorno social y cultural en el cual se encuentra el educando con quien pretendemos compartir la enseñanza aprendizaje.

Veamos un ejemplo que puede hacer más clara y precisa nuestra posición. Decíamos que el concepto de adolescencia es relativamente nuevo en la historia de la humanidad y que tiene apenas algo más de cien años. Remontémonos al Renacimiento y pensemos qué tipo de información y educación sexual deberían haber recibido Romeo y Julieta. Luego comparemos si ese mismo mensaje sería adecuado para los jóvenes de hoy.

Antes de comenzar el baile en que Julieta conocerá a Romeo, la madre de ésta le dice que ya es mayor y que debe estar atenta para conseguir marido. Julieta no ha cumplido todavía los 14 años.

Romeo tiene poco más de 16 y se ha batido a duelo defendiendo el honor de su familia, se enamorará de Julieta, tramará una compleja intriga para estar junto a ella, involucrará a un representante de la iglesia para que lo ayude y conseguirá, junto con Julieta, que toda esta situación tenga un desenlace que pudo haber sido feliz, pero que fue trágico, en apenas un día.

En un marco social como el descrito por Shakespeare es ridículo pensar en enseñar a Romeo y Julieta "sexualidad responsable", basada en la seducción del óvulo por el espermatozoide, y la fecundación, anidación, embarazo y parto (como hubiese sido la tentación de más de un planificador familiar o de un educador sexual apegado a la corriente "reproductivista", si hubiesen existido en esa época) y en base a esa historia les hubiesen hablado de los peligros de un embarazo precoz y lo inconveniente (y pecaminoso) de las relaciones sexuales pre-matrimoniales . En la actualidad solucionaríamos un problema como el de Romeo y Julieta con un reto o una prohibición de no ver televisión por un par de días o no ir a bailar el próximo sábado.

Pero la tentación de seguir enseñando sobre fecundación, embarazo y parto totalmente desvinculado del contexto social en que vivimos, perdura en los educadores para la sexualidad.

No sabemos qué tipo de educación sexual se les debía haber dado a Romeo y Julieta, pero seguramente que no era necesario hablarles sobre embarazo precoz, ya que era eso lo que se buscaba con un matrimonio temprano. En estos momentos deberíamos estar más preocupados por hacer entender a la juventud las contradicciones de la sociedad, que por un lado los impulsa a una relación sexo-genital temprana y "descartable" y por otro lado los acusa y los reprime cuando intentan ejercer su función sexual.

Sabemos que la adolescencia se ha prolongado desde la perspectiva social y se ha adelantado desde la biología. Hoy un joven debe esperar muchos años para ejercer su función sexual dentro del matrimonio. De haber nacido en esta época, Julieta no estaría pensando en tener marido hasta alrededor de los 25 años.

Pero su menarca se habría presentado entre los 11 y 13 años. Es decir que entre la maduración biológica y social habrá una brecha de alrededor de 13 años.

En los varones la situación es igual; a los 13 o 14 años estarán biológicamente maduros para procrear y, lógicamente, para mantener encuentros coitales. Pero socialmente, dependiendo de la clase social y de las aspiraciones personales y familiares, no estarán maduros para formar y mantener una familia hasta bastante después de los 25 años.

Las Julietas y los Romeos de hoy sí necesitan ayuda y orientación para vivir su sexualidad en forma sana, placentera y sin consecuencias, esa sexualidad que ve que viven en las pantallas de televisión, cientos de veces al día, los personajes de las telenovelas o de los anuncios publicitarios que, generalmente, preconizan el empleo de una sexo-genitalidad temprana, fácil y descomprometida.

Para los adultos en general y los educadores sexuales en particular, sobre todo los encasillados en las corrientes moralistas y tradicionales, es más fácil negar la realidad que aceptarla. Dentro de esta realidad se inscribe la sexualidad del adolescente, de la que nos acordamos sólo cuando ella nos crea problemas a los adultos, llámense éstos embarazo precoz o enfermedades de transmisión sexual.

Y como para muchos adultos y educadores la realidad es "tal cual debería ser" y no como realmente es, se da por supuesto que los jóvenes no tendrán relaciones sexuales, porque no las deberían tener; por lo tanto, se los deja librados a su propia suerte, sin orientación sobre cómo vivir una sexualidad placentera y sin culpas y, lo que es más grave, sin información oportuna sobre anticoncepción y la forma sencilla de obtener los métodos que necesitan.

Pero se espera que los jóvenes no se embaracen y nos creen problemas. Cuando algo así sucede (y sucede mucho, como ya lo demostraremos) se habla de una juventud descarriada y de pérdida de valores. La ceguera y doble moral de los adultos no tiene límites.

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